Sobre pineda de mar
Los primeros vestigios de poblamiento humano al término de Pineda nos remiten en la época de los íberos (siglo IV a. C.). En la comarca se encuentran restos de poblamiento en lugares estratégicos como los cerros de la Cordillera Litoral. A la cumbre del Montpalau (259 metros) se han turbado restos de cerámica que indicarían un posible asentamiento.
Pero no será hasta la ocupación militar romana, la pacificación posterior y control del territorio que encontramos hábitats dispersos como las villas –explotación agraria romana que tenía como fin el cultivo intensivo de la tierra. De esta época queda el resto arquitectónico antiguo mejor conservada: el acueducto romano de Can Cola, construido entorno el siglo II– III d. C., con una longitud de 3,5 kilómetros y que transportaba el agua hasta una balsa o lacus situada en la masía de Can Roig. Se conservan cuatro arcadas así como fragmentos de la canalización a lo largo del recorrido. Además, durante las obras de construcción de un edificio de viviendas con aparcamiento sótano a la zona de Can Balido, el marzo de 1996, pusieron a cuerpo descubierto material constructivo, básicamente tegula y cerámica y restos de diez tumbas de época romana (finales del s. Y a. C. o inicio del s. Y d. C.), elementos que nos indican un territorio ocupado con una población.
Las masías encaran existentes como el cortijo Castellar–Torre de San Jaime, Can Cazuela, la Torre de Manola–Santa Anna, Can Tapiola, la Vicaría Vieja, Can el Aromir– Can Cornet, entre otros, hacen patente la importancia de los cortijos y de la actividad agraria a su alrededor y de un poblamiento disperso situado en el interior del territorio durante buen parto de la Edad Media. Todo esto bajo la sombra del castillo de Montpalau (documentado entre 1035/1089) a la cumbre del cerro del mismo nombre.
El casco urbano se formará siguiendo el camino real, se acontece una estructura urbana lineal de pueblo surgido a uno y otro lado de un cauce de comunicación. La iglesia parroquial de Santa Maria, consagrada el 1079 por el obispo de Girona, Berenguer Gruifé, quedaba encima del camino real, aislada, detrás de los patios, huertos, de las casas. De la estructura primitiva de la iglesia queda poca cosa, puesto que la nave central es del siglo XVI, las naves laterales y el campanario ochavado del s. XVIII. La iglesia fue fortificada a partir de medios del s. XVI para hacer frente los ataques de los piratas turcos. queda constancia escrita en piedra al dintel de la puerta de la iglesia de uno de estos ataques, el del corsario Dragut ocurrido la madrugada del 1 de agosto de 1545. La apertura del casco urbano en el mar data del año 1499 cuando los vecinos, para favorecer la accesibilidad y el tráfico de mercancías, compran a los vizcondes de Cabrera, los señores feudales, una franja de terreno por vial, que saliendo de la plaza (la actual plaza de Cataluña) llegaba a la playa dando lugar en la actual calle de Mar.
El siglo XVIII es un momento de auge con el aumento de la población, la ampliación de la iglesia (1718), e incluso en la playa se llegan a construir barcos de tonelaje medio por el comercio con América. En 1790, de por la costa, Francisco de Zamora nos dice: “Cogénse nueve mil cargas de vino de buena calidad al año, y siete mil cuarteras de granos”. Mientras tanto, cerca del mar, se había formado un núcleo de casas: el arrabal de mar o barrio de pescadores. A la estructura urbana lineal primitiva ahora se añade un nuevo tramo perpendicular que da una estructura espacial en forma de T. En paralelo en el tiempo, encontramos edificaciones en la calle de la Tribala, a la parte alta o más próxima con el camino real o calle Mayor actual. El topónimo Tribala, de origen francoccità, está documentado a finales del s. XVII. Ahora ya tenemos la clásica imagen gráfica de los planos de la doble T de Pineda de Mar.
El siglo XX será el momento de la transformación del municipio. Empieza a formarse el barrio de Poblenou, núcleo de población separado por un kilómetro y medio del centro histórico y próximo al municipio de Calella. En esta zona se inicia la construcción de edificios a los extremos, en la calle del Once de Septiembre y en la calle de Poniente con las casas de cós en los terrenos propiedad de Fermio Vado. Los vacíos de la zona entremedias se ocuparán con la expansión urbana y demográfica de los años 60. Las diferentes oleadas migratorias del siglo XX y primera década del XXI (1915/1930; 1955/1975 y 1997/2009) han modificado la fisionomía urbana de la población. Se ha llevado a cabo un fuerte proceso intensivo de ocupación del territorio: los diferentes barrios (las Cruces, Carme, Can Balido), las urbanizaciones de los años 60/70 (Pinemar, Montesol, Can Carreres, Can Feliu de Manola, Can Cornet, Can Morer), el fenómeno de las segundas residencias, pisos y apartamentos, pero con carencias en infraestructura y servicios para la población. El primer instituto de enseñanza no entra en funcionamiento hasta el curso 1996/97(los cursos escolares 1994/95 y 1995/96 se desarrollan en un edificio comercial) por una población de 17.475 habitantes el 1994. El sector agrario, importando hasta medios del siglo, ahora está en minoría (56 hectáreas cultivadas según datos de 2009), convivía con el sector industrial, sobre todo los talleres textiles y el trabajo a domicilio, pero muy afecta por las sucesivas crisis del sector y la globalización económica. El relevo lo tomaron el sector de la construcción y las profesiones complementarias y auxiliares y el sector de servicios (centrado en restauración, bares, hoteles y comercio). Sectores, pero, con un marcado factor estacional y sensible a las crisis y fluctuaciones económicas. También la proximidad en la ciudad de Barcelona y las buenas comunicaciones es un factor que incide en la vida sociolaboral del municipio. Se ha pasado de un pueblo pequeño (3.263 habitantes en 1955) en la ciudad media actual abierta en el mar, con una gran diversidad sociocultural y geográfica de sus habitantes (28.142 habitantes de 85 nacionalidades el febrero de 2020 según el padrón continuo municipal). El incremento de la diversidad social es un factor de enriquecimiento pero también supone retos para la cohesión social. Aquí la cultura, la educación y las políticas públicas pueden facilitar y ayudar a superar estos retos y conectar personas.
Fuente: Archivos Municipales de Pineda de Mar
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